Dos historias de salvación en Turkana

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En una región desértica como Turkana, donde sus habitantes viven en pequeños asentamientos dispersos y separados entre sí por kilómetros y kilómetros de arena y acacias, sin carreteras, hospitales ni infraestructuras, ponerse enfermo puede ser mortal. Se puede esperar a que la dolencia desaparezca por sí sola, pero la escasez de agua potable y de alimentos deja a la población sin apenas defensas. ¿El hospital más cercano? Está a decenas de kilómetros, que a menudo hay que recorrer a pie.

Por este motivo, desde que en 2007 pusimos en marcha nuestro dispensario médico de Todonyang, su situación estratégica a medio camino entre las diferentes comunidades nómadas y el principal asentamiento de esta zona nos ha permitido salvar muchas vidas. Sólo en 2014 nuestro programa de Salud ha dado cobertura a más de 24.000 personas, ofreciéndoles servicios de vacunación, atención prenatal y postnatal o atención a enfermos de VIH.

Los ancianos, población de riesgo

Anciano con la pierna inflamada por micetoma.

Las duras condiciones de vida en Turkana hacen que resulte difícil encontrar personal médico cualificado que esté dispuesto a trabajar en un entorno tan hostil. Por eso, la llegada de un nuevo enfermero a Todonyang hace pocas semanas ha permitido impulsar muchas actividades y reanudar las clínicas móviles a las comunidades locales.

De hecho, ha sido una de estas visitas realizadas al asentamiento de Kapedor la que ha permitido a los responsables del dispensario descubrir el caso de un anciano que padecía una severa inflamación en la pierna, causada por una herida de púa de acacia, el árbol local. Estas púas transmiten una bacteria que, si no se elimina, provoca una grave infección conocida como micetoma (pie de Madura).

Gracias a la rápida intervención del enfermero, el anciano ha sido enviado al dispensario general de Nariokotome para someterse a revisiones y tratamiento médico. De no haber recibido la visita de la clínica móvil, la historia podría haber tenido un final trágico, ya que la inflamación le impedía caminar y, por supuesto, desplazarse a un hospital en busca de ayuda.

Una historia con final feliz

Otra de las noticias que nos llegan desde la misión de la MCSPA la protagoniza Daddy Gurach, un niño de 7 años, cuya madre falleció tras contraer el virus del Sida. Su padre era un agente de la Unidad de Servicio General que el Gobierno keniano estableció en Turkana por un breve periodo de tiempo, y que abandonó el distrito en cuanto terminó su servicio.

Al fallecer su madre, Daddy quedó huérfano, desprotegido y sin ningún pariente que pudiera hacerse cargo de él. Por suerte, uno de los sacerdotes auxiliares de la parroquia se enteró de su caso mientras coordinaba las actividades que desarrolla la Misión a través del Programa de Salud del dispensario de Todonyang.

Debido a los estragos que causa el VIH en África, son muchos los niños que pierden a sus padres a muy corta edad, quedando en una situación de extrema vulnerabilidad. En Turkana, además, la inmensa pobreza que afecta a la región deja a las comunidades sin apenas recursos para alimentar a estos menores. La sequía y la escasez, unidas a la falta de infraestructuras y de profesionales cualificados, son factores que ralentizan el desarrollo de esta región. Pero, aunque es difícil cambiar el mundo, sí podemos cambiar muchas vidas. Y la de Daddy Gurach puede ser la primera de muchas que, con el tiempo, generen un efecto en cadena que acabe transformando el destino de Turkana.

A partir de ahora, la Misión de Todonyang se hará cargo de todas las necesidades del pequeño, ofreciéndole no sólo alimento, educación y protección, sino también cariño. Estamos seguros de que, gracias a este apoyo, cuando se convierta en adulto, Daddy tendrá grandes posibilidades de convertirse en un líder o en un profesional útil para su comunidad, capaz de hacer grandes cosas por el desarrollo de Turkana. Y es que, cambiando una vida, se puede cambiar el mundo.

¡Seguiremos trabajando para poder contaros más finales felices como estos!