Boletín de noticias

Marzo 2011

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FMLC financia la educación de las niñas de una casa de acogida en Calcuta

La Fundación Mario Losantos del Campo ha llegado a un acuerdo con la Fundación Ananta para financiar una parte de su proyecto Anand Bhavan, situado en el suburbio de Pilkhana, en Howra, ciudad industrial de Calcuta (India). Se trata de una casa que acoge en régimen de internado a 30 niñas procedentes de familias en situación de pobreza extrema.

Anand Bhavan, que significa La Casa de la Alegría en bengalí, abrió sus puertas en abril de 2006 con el fin de atender las necesidades básicas de las niñas, incluyendo la educación, atención médica, alimentación, higiene y vestido. La selección de las alumnas, a partir de los 6 años, tiene como único criterio su situación de pobreza, sin distinciones de casta o religión. 

Educación y material escolar 

En la sociedad india la mujer sigue ocupando un lugar secundario, que es aún más pronunciado en el caso de las mujeres de casta y clase social baja. Por razones culturales, el nacimiento de una hija es peor recibido que el de un varón y muchas familias tratan de vender o casar ilegalmente a sus hijas mientras aún son niñas. Desde 1996, una ley prohíbe las pruebas de determinación de sexo durante el embarazo para evitar lo que se conoce como “feticidio de féminas”. 

Uno de los objetivos principales del proyecto Anand Bhavan es proporcionar a las niñas una educación y formación profesional que les ofrezca alternativas de futuro para superar su situación de pobreza, una meta que comparten gran parte de los proyectos de FMLC. Por eso, nuestra entidad ha decidido colaborar financiando durante un año los gastos de colegio y material escolar de las 30 alumnas, con el deseo de que puedan labrarse una vida mejor.


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Bolivia, solidaridad sin fronteras

El barrio de El Tejar es una de las zonas más pobres de La Paz y casi un 70% de su población sobrevive con menos de un dólar al día. Sin embargo, gracias al centro infantil FMLC, en los últimos dos años más de un centenar de familias han podido ver a sus hijos pequeños crecer atendidos con mucho cariño, sin ver menguados sus escasos recursos económicos. 

Ahora, conscientes de que en otros países existen personas que pasan aún más necesidades, un grupo de padres de El Tejar ha querido mostrar su agradecimiento a la Fundación donando una cantidad simbólica de dinero, cada uno en la medida de sus posibilidades, para sufragar una pequeña parte de los gastos del centro, de manera que FMLC pueda destinar una cantidad equivalente a sus otros proyectos de cooperación al desarrollo. 

Una lección de generosidad 

Según el padre Edgar Mena, la iniciativa surgió durante una de las reuniones semanales con las familias de los alumnos, en la que varios participantes se interesaron por los proyectos de FMLC y manifestaron su deseo de colaborar en el mantenimiento del centro, aunque fuera con una aportación económica humilde, para que la Fundación pudiera destinar ese dinero ahorrado a sus proyectos en Kenia, donde las condiciones de pobreza son aún más extremas que en Bolivia. 

Los padres de El Tejar han querido expresar así su agradecimiento por la labor humanitaria que la Fundación está llevando a cabo en su barrio y, al mismo tiempo, compartir sus pocos recursos con aquellos que aún lo necesitan más. Un gesto de altruismo que resulta conmovedor y que nos inspira para seguir trabajando con más entusiasmo día a día.


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"Muchas veces no imaginamos la realidad que viven otros países para no complicarnos la vida"

A sus 18 años, Carolina Díaz ha sido una de las primeras participantes del proyecto Un triciclo para mover el mundo, cuyo objetivo es concienciar a niños y adolescentes españoles sobre la situación de los países en vías de desarrollo y promover su participación en proyectos de cooperación. Amante del cine, el arte y los idiomas, Carolina es también una dibujante consumada y por eso FMLC le ha encargado la creación del nuevo logo del proyecto. 

- ¿Es ésta tu primera experiencia en diseño gráfico? 

- No, cuando estudiaba 4º de la E.S.O. me pidieron que me encargara de dibujar el logo para la camiseta del colegio, que al final fue un dibujo de Campanilla. 

- ¿Cómo fue el proceso de creación del nuevo logo del Triciclo

- Pensando en el significado del proyecto en sí, intenté plasmar la idea esencial en el papel. El proyecto quiere mover el mundo concienciando a los niños, así que por eso dibujé a dos niños tirando del planeta con el triciclo como idea principal.

- ¿Qué técnica empleaste para dibujarlo? 

- Me gusta la técnica tradicional, así que lo dibujé entero a mano con lápices de colores. 

- ¿Qué ideas te gustaría que transmitiera el logo? 

- Es un dibujo simple de líneas muy básicas que contrasta con lo grande que es el proyecto. La idea fundamental es el juego: se puede ayudar a cambiar el mundo a través del juego, y se puede hacer bien. 

- ¿Qué es lo que más te gusta del proyecto Un triciclo para mover el mundo?

- Me gusta todo. Ahora mismo estoy preparándome para estudiar Traducción e Interpretación y Relaciones Internacionales, una carrera muy relacionada con la política, y me gusta la idea de poder ayudar a la gente que vive en la pobreza. He venido a varias reuniones del proyecto, donde nos proyectaron imágenes de Bolivia. Lo que más me gusta es su originalidad y que se centre en los niños, intentando mover el mundo a través de ellos en lugar de los adultos.

- ¿Cómo ha influido el proyecto en tu vida? 

- Recuerdo que la primera reunión a la que asistí me afectó muchísimo. Vimos un documental brasileño titulado La isla de las flores, sobre una región donde hay muchísimos niños y mujeres pobres a quienes los dueños de las granjas les dan la comida sobrante que no quiere su ganado. Fue el primer contacto importante que tuve con la situación de los países sumidos en la pobreza. Salí enfadada con el mundo e incluso lloré cuando llegué a casa. Muchas veces, al vivir en un país desarrollado no te imaginas que existan lugares así, o no nos lo imaginamos para no complicarnos la vida. Pero al final tienes que decidir si vas a sacrificarte y tomar parte en ello. 

 - ¿Cómo fueron las siguientes reuniones? 

- La segunda reunión a la que fui me ayudó a conocerme más y comparar mejor lo que tenemos aquí y lo que tienen allí. Parece que vivimos en planetas diferentes. Te dan ganas de ayudar y hacer algo, pero es tanto que necesitas unas bases de conocimiento antes de empezar. 

 - ¿En el futuro te gustaría participar en proyectos de cooperación? 

- Sí, cuando termine mis estudios quiero trabajar en la ONU. De las diferentes ramas que tiene mi carrera, la que más me gusta es la rama humanitaria. Me interesa muchísimo salir fuera e ir a estos países, porque cuando de verdad les ayudas es cuando estás allí y tienes contacto humano con la realidad que viven. 

- ¿Repetirás tu experiencia en el diseño gráfico? 

- No, me gusta mucho dibujar, pero prefiero hacerlo en blanco y negro. Me gusta más dibujar a lápiz y hacer ilustraciones de fantasía, con líneas menos definidas y dibujos abstractos, esa es la rama del arte que me interesa. Hice el logo del Triciclo porque el proyecto me gusta y me lo pidieron, pero por encima del dibujo prefiero el cine, la literatura y la fotografía. 

- ¿Cuáles son tus planes de futuro? 

- Acceder a la carrera que quiero, trabajar y aprender idiomas en profundidad, sobre todo inglés, francés, chino e italiano. En el futuro me gustaría poder trabajar en Nueva York, porque quiero combinar mi trabajo con el cine, y me gustaría escribir y formarme como guionista. Nueva York es una ciudad que me ofrece la oportunidad de combinar las tres cosas.


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"Me gustaría trabajar en Turkana construyendo presas de agua potable"

A sus 24 años, Antonio Ekai Napocho es un joven turkana, procedente de la localidad de Riokomor, que se encuentra concluyendo sus estudios de Hostelería y Turismo en la Universidad de El Valle, en Cochabamba (Bolivia), gracias a una beca de la Fundación Mario Losantos del Campo. Durante unos días ha estado en España, y ha aprovechado para visitar la sede de FMLC, donde nos ha hablado de su experiencia y sus planes de futuro. 

Una cultura diferente 

Cuenta Antonio que su llegada a Bolivia hace cuatro años fue difícil, especialmente por el desafío de aprender un idioma nuevo, ya que entonces sólo hablaba turkana e inglés. Su apariencia también llamaba la atención en un país donde es raro ver a gente de color, aunque existe la creencia de que los hombres de piel negra dan buena suerte. Cuando voy de compras por la ciudad muchas personas se me acercan, me pellizcan el brazo y dicen ‘¡Suerte para mí!’, comenta Antonio entre risas.

Sin embargo, una de sus anécdotas más curiosas sucedió al poco tiempo de instalarse en Cochabamba. Un día iba sentado en el autobús, muy quieto y pensativo, porque extrañaba a mis padres, cuando entró un hombre con su hija pequeña y los dos se sentaron frente a mí. Yo no me movía y la niña no dejaba de mirarme fijamente, como pensando ¿Qué es esto que tengo delante?. Entonces levanté la cabeza y ella gritó ¡Papá! ¡Esta cosa se mueve!. Todos los viajeros del autobús se reían y yo no sabía qué decir. La verdad es que fue gracioso, nunca lo olvidaré, recuerda. 

El día a día 

Su rutina es la de cualquier chico de su edad, pero pocos de sus compañeros de clase sospechan que sus preocupaciones van más allá de aprobar los exámenes, ya que aspira a que sus estudios le sirvan para ayudar a mejorar la situación de su país. Antonio compagina sus clases en la Universidad con su trabajo como voluntario en la Escuela Secundaria de Agricultura Politécnica, donde colabora explicando a los alumnos recién llegados el funcionamiento del centro, enseñándoles las instalaciones y acompañándoles durante sus primeros días. 

Responsable y gran deportista, Antonio dedica el escaso tiempo libre que le queda a practicar sobre todo voleibol y natación, pero también tiene una faceta artística desconocida: En Cochabamba voy a clases de baile. Allí aprendo las danzas tradicionales de Bolivia y enseño a mis compañeros los bailes de Kenia, cuenta. Sin duda una vocación que ha viajado con él desde su tierra natal. 

Pensando en Turkana

Aunque su relación con los demás becarios kenianos es inmejorable –Nos llevamos todos superbién, somos como una familia, se han convertido ya en parte de mi vida– Antonio confiesa que lo que más añora de Kenia es ante todo su familia. 

También se muestra preocupado por la situación de Turkana, cuya población se encuentra en una situación de pobreza extrema. Creo que los problemas más graves que sufre Turkana son la desnutrición de los niños y la sequía. Poco a poco y gracias al trabajo de todos las cosas están cambiando: ahora hay escuelas, dispensarios… y la gente ya no tiene que caminar kilómetros para conseguir ayuda médica, afirma. 

Planes de futuro 

A sólo un año de concluir sus estudios de Hostelería y Turismo, aún no tiene claro lo que hará cuando termine, pero sí sabe que le gustaría trabajar en alguno de los proyectos que FMLC mantiene en Kenia y contribuir a mejorar la situación de su país. Todos los proyectos me parecen geniales: el dispensario, la guardería…, asegura, aunque quizás porque vengo de una región montañosa lo que más me atrae es construir y gestionar las presas de agua potable. Y dicho esto se despide antes de poner rumbo a Bolivia de nuevo. 

Hasta pronto, Antonio.


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